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jueves, 21 de febrero de 2008

Sándwich amargo


En un país donde el 25% de la población total acudiera semanalmente a una
reunión de una Asociación con sedes hasta en los pueblos más remotos,
llamaría la atención que ese hecho sociológico no apareciera reflejado con normalidad en los medios de comunicación. Y eso es más o menos lo que ocurre en España con la Iglesia Católica. Cuando se habla de la Iglesia en muchos
ámbitos de la vida pública, se hace con frecuencia en tono polémico y agrio. Por eso, como ciudadano de a pié que va a Misa cada domingo, voy a hablar de lo natural en
el cristianismo. Estamos en Cuaresma y millones de españoles viven la
costumbre de confesarse para tener la alegría de reconciliarse con Dios.
Decía Sarkozy, que como es sabido, no pretende ponerse de ejemplo de vida
cristiana, que la falta de sacerdotes en Francia, no ha hecho más felices a los franceses. Me ha
mucho una carta que escribió una mujer hace dos años al The Times de Londres sobre su dolor por algo que hizo mal hace muchos años. Decía: "Señor director, en 1946 salí a pasear con mi hermano en bicicleta por los alrededores de Stratford-upon-Avon. En un cruce de caminos encontramos las pertenencias de alguien. Entre ellas descubrimos un apetitoso sándwich. No lo pensamos, y aprovechando que nadie podía vernos, lo cogimos y huimos a toda velocidad para devorarlo unos kilómetros más adelante. Eran tiempos duros y ese día ni siquiera habíamos desayunado, pero eso no justifica nuestra acción. Probablemente, el sándwich pertenecía a algún campesino que trabajaba en los alrededores y que ese día no comió por culpa de nuestro robo. Todavía me arrepiento". Un cristiano que acude a la confesión sabe que la Omnipotencia de Dios logra perdonar incluso lo que no somos capaces de perdonarnos. Se puede recuperar la alegría. Pruébalo. Es gratis.

Publicado en Análisis Digital el 24 de febrero de 2008

lunes, 4 de febrero de 2008

El psiquiatra y la religión


Un conocido psiquiatra entrevistado en IDEAL dice que la religión ha sido un lastre tremendo porque ni siquiera te deja pensar mal. O sea que según este médico pensar mal está bien; en la intimidad, añade, se podría hacer lo que uno quisiera. De ese modo odiar a los de otra raza, desear la muerte de los que no piensan como nosotros, desear dar una paliza a tu pareja, querer montar un tinglado informático de pornografía infantil, etc serían hermosos y lícitos pensamientos, mientras no los llevemos a cabo, claro. Estoy convencido, por el contrario, de que la religión enseña al hombre el arte de vivir: nos hace ser personas de una pieza, que no caemos en la esquizofrenia de desear interiormente lo que sabemos que es malo. Los católicos -como tantos creyentes de otras confesiones cristianas, judíos, etc.- no somos unos obsesionados por tener una vida sin fallo alguno; pero sabemos que existe el mal y que el esfuerzo por mejorar no se limita a aspectos exteriores, sino que afecta a todo el ser humano, cuerpo y alma. Y también sabemos que cuando hacemos algo mal y nos arrepentimos, todo, absolutamente todo, tiene remedio a través de la confesión de nuestros pecados. Como decía otro afamado psiquiatra, si la gente se confesara más, se descongestionarían muchas consultas.


Carta publicada en Ideal de Granada en marzo de 2006 comentando una entrevista realizada al Psiquiatra Castilla del Pino