
Cuentan que en una capital de provincia hubo un divorcio entre un juez encargado del Registro y su esposa, funcionaria de la administración autonómica. Ella, obsesionada con que todos sufrimientos de su fallido matrimonio eran responsabilidad del ex-marido, aprovechaba las pocas veces que tenía que tramitar algo con él para verterle todo su amargor. Pocos años después decidió contraer matrimonio civil con alguien que había tenido discrepancias y enfrentamientos con su ex-marido. Y pensó que si pedían casarse en el juzgado donde trabajaba su ex-marido, le harían pasar un doble mal trago que saciaría su sed de venganza.
Lo anterior es verosímil; lo que es totalmente verídico es que cada vez con más frecuencia se fuerza a funcionarios a actuar contra sus convicciones en las uniones entre personas del mismo sexo, sin respeto a la objeción de conciencia.
En Gran Bretaña una oficial de estado civil, Lillian Ladele, solicitó al tribunal de trabajo de Londres estar exonerada de realizar celebraciones de "matrimonios" civiles homosexuales -introducidas en el Reino Unido en 2004 y equiparadas al matrimonio-, amparándose en la objeción de conciencia. "Mi conciencia cristiana me impide convertirme en parte activa en la formación de uniones civiles entre homosexuales. Con esto no quiero impedirlas pues muchos colegas puedan realizarlas", dijo Ladele al diario inglés The Tablet. Hasta hace algunos meses, explica el diario, Lillian se ponía de acuerdo con sus compañeros de trabajo para evitar presidir uniones homosexuales. Luego que el gobierno introdujera una ley que invalida la objeción de conciencia por razones religiosas, esta práctica se volvió imposible. Por ello a Lillian le redujeron el estipendio y le impidieron celebrar prácticamente cualquier matrimonio. Lo cuenta Aciprensa
Había una solución que de hecho se puso en práctica durante años: cuando llegaba ese tipo de unión, la presidían otros funcionarios. Era posible la convivencia. Pero no. La dictadura del relativismo quiere imponer conductas y que el creyente pase por el aro. Y sino, al ghetto, que no te queremos ni ver. A la pobre funcionaria, de raza negra, se le hace la falsa analogía entre las uniones del mismo sexo y los matrimonios entre personas de distintas razas: sería tan grave como esgrimir la objeción de conciencia para no casar a una persona que negra y otra blanca, como si fuera contra los derechos humanos. Si aceptamos esa analogía, llevemos al Tribunal Penal Internacional a casi todos los gobernantes del mundo, que en su inmensa mayoría no permiten los matrimonios de personas del mismo sexo.






