Cuenta Alexandr Solzhenitsyn escritor y Premio Nobel de Literatura ruso que una vez leyó en una revista científica soviética, en época de Stalin, cómo en Siberia se había descubierto animales que llevaban congelados decenas de miles de años. Para impresionar sobre la alta capacidad de hielo para conservar, refería la publicación que se conservaban tan frescos que los operarios se los habían comido ahí mismo. Pero un lector más avisado se planteaba en qué estado de desesperación deben estar unos trabajadores para hacerse con un trozo de pescado milenario, derretirlo al fuego y saciar su hambre. He recordado esta anécdota al leer recientemente la noticia de que los hospitales andaluces realizarán ecografías de alta resolución a todas las embarazadas a las 20 semanas para la detección precoz de patologías congénitas y malformaciones, dentro del llamado Programa de Cribado Prenatal. A algunos les impresionará el adelanto técnico, pero quizá pocos caen en la cuenta de lo que supone esto. Detectamos mejor las enfermedades, ¡para eliminar a los enfermos! La corrección política exige tapar esto en los medios de comunicación (aunque no se tapan otras cosas de muy mal gusto, porque hay demanda). Antes se cribaba el material de construcción, las frutas, cereales y hortalizas, y ahora también se criban seres humanos en estado embrionario y fetal, de momento.
Decía el Dr. John Wilke, de la Universidad de Cincinnati: "Si no le pueden aliviar el dolor, no pida usted la eutanasia. Cambie de médico, porque el suyo es incompetente" La única solución humana para el dolor es aliviarlo todo lo posible. El sufrimiento moral se puede paliar en parte, pero es más difícil y en todo caso, el dolor es nuestro compañero de viaje, señal de que vivimos. Pero ante la cuestión del dolor se responde a veces con la legalización de la eutanasia para algunos casos límite. Sobre esto conviene tener claro algo. Preguntar a un enfermo si desea pedir la eutanasia es ponerle ante un dilema y ya tiene consecuencias en el enfermo. Si pide la Eutanasia, se le da una sustancia mortífera que no le duela, se le quita la vida y acaba el dolor, claro. Pero ¿y si pidiera medicina paliativa? Algunos dirán, con tono comprensivo, que no pasaría nada, todo sigue como siempre, se le cuida hasta que muera. Pero no. Ya nada es como antes. Si elige seguir viviendo, siempre tendrá que explicar por qué ha optado por una solución que supone más sacrificios a sus cuidadores, más dinero al Estado por gastos de la Ley de Dependencia y gastos sanitarios. El mismo personal sanitario que le cuida es el que le hubiera quitado la vida. Y como el enfermo no ha querido, hay que seguir cuidandole. Y total, para seguir sufriendo. Y los familiares, que quizá le sugirieron la eutanasia, son los que deben seguir viniendo a verle no se sabe cuantos meses o años más. Y quitando tiempo de dedicación a los niños, y con la hipoteca que les agobia, y en vacaciones, a ver que pasa... Los médicos o los familiares, no va a decir así las cosas, claro. Pero no somos tontos y sabemos cuando algo que hemos decidido no ha caído bien o resulta un engorro. Si no estuviera legalizada la eutanasia en países como Holanda, nos podríamos creer el camelo de que es para casos como el de Chantal Sébire, la mujer francesa que padecía un cáncer facial y a la que hace unos días la justicia de su país le denegó la petición de eutanasia y que ha muerto –por lo que parece- suicidándose. No. Es algo que allí ya se va haciendo habitual y va calando la mentalidad de que si estás enfermo lo mejor -para todos- es pedir la eutanasia, en detrimento de los cuidados paliativos. Para mayor complicación, el Estado es parte interesada en este tema. Aunque los políticos se indignen al oírlo, saben perfectamente que cuantos más se suiciden con la eutanasia, más millones de euros para otros gastos sanitarios. Cuestan mucho menos dinero los trámites de defunción que un día más de cuidados paliativos. Para un contable sin prejuicios morales la mejor solución está bien clara: animar a pedir la eutanasia a todos. Sin embargo, nuestros mayores y nuestros enfermos, que con su vida han colaborado a hacer un mundo más humano, se merecen la mejor solución aunque cueste más. Sólo un individualismo egoísta, desagradecido, neoliberal e inhumano prefiere -siquiera sugerirles- un veneno dulce. Este montaje final en vídeo con imágenes de "Fresas Salvajes", de Ingmar Bergman, sirve de epílogo al artículo:
Bernat Soria, ministro de Sanidad, anuncia que los médicos, enfermeros, etc. que se niegan a practicar abortos se deberán inscribir en un registro. No es de recibo que para ejercer un derecho constitucional -la objeción de conciencia-, tengas que apuntarte en una lista, como si tuvieras una enfermedad de declaración obligatoria. La excusa aportada –que pueda haber médicos que objetan por la mañana en la sanidad pública y abortan por la tarde, en una clínica privada- se solucionaría con denuncias en casos particulares, si es que se dan. Pero poner la venda antes de la herida al precio de reducir la libertad, lleva a la creación de listas negras y puede acabar en el macartysmo. Cómo si el deber fuera abortar y la objeción la excepción. La realidad es que la inmensa mayoría de los médicos objetan al aborto. Es lógico, basta con ponerse en su piel: a poca gente le es indiferente acabar con una vida humana con sus propias manos.
Un conocido psiquiatra entrevistado en IDEAL dice que la religión ha sido un lastre tremendo porque ni siquiera te deja pensar mal. O sea que según este médico pensar mal está bien; en la intimidad, añade, se podría hacer lo que uno quisiera. De ese modo odiar a los de otra raza, desear la muerte de los que no piensan como nosotros, desear dar una paliza a tu pareja, querer montar un tinglado informático de pornografía infantil, etc serían hermosos y lícitos pensamientos, mientras no los llevemos a cabo, claro. Estoy convencido, por el contrario, de que la religión enseña al hombre el arte de vivir: nos hace ser personas de una pieza, que no caemos en la esquizofrenia de desear interiormente lo que sabemos que es malo. Los católicos -como tantos creyentes de otras confesiones cristianas, judíos, etc.- no somos unos obsesionados por tener una vida sin fallo alguno; pero sabemos que existe el mal y que el esfuerzo por mejorar no se limita a aspectos exteriores, sino que afecta a todo el ser humano, cuerpo y alma. Y también sabemos que cuando hacemos algo mal y nos arrepentimos, todo, absolutamente todo, tiene remedio a través de la confesión de nuestros pecados. Como decía otro afamado psiquiatra, si la gente se confesara más, se descongestionarían muchas consultas.