sábado, 29 de abril de 2017
CONTRIBUIR A LA FORJA DE LAS PERSONALIDADES JÓVENES
"Desde hace años, me encuentro con alumnos y alumnas de filosofía que descubren tardíamente la importancia del maestro. No del maestro en sentido enfático, sino del puro y simple profesor que explica cuidadosamente su materia, de un modo muy parecido a como lo hacía el viejo maestro de escuela.
Eso es -si se me permite confesarlo- lo que yo quisiera ser: un maestro de escuela, que enseña los rudimentos del saber y procura contribuir a la forja de las personalidades jóvenes. Cuando se intenta y en. alguna medida se consigue, los estudiantes reconocen que han tenido una nueva experiencia. Alguien se ha preocupado por ellos como personas que pueden llegar a saber más, que son capaces de ampliar su visión del mundo, que están en condiciones de establecer una relación de limpia amistad con otra persona mayor que ellos, la cual les aprecia y quiere ayudarles. Nadie olvida a un maestro.
Recuerdo a un clásico contemporáneo que sintetizaba así lo que consideraba una vida plena: es una idea tenida en la juventud y realizada en la edad madura. Y mi experiencia es que las chicas y los chicos de ahora también están buscando un ideal por el que merezca la pena vivir"
Alejandro Llano, Segunda Navegación - Memorias 2, Ediciones Encuentro 2010, Capítulo La funesta manía de educar, pp. 320-321
"NADIE ES INÚTIL". EL ARTE DE PONER A CADA UNO EN SU SITIO
Gaudí decía:
'No hay nadie inútil, todos sirven (aunque no todos con la misma capacidad); la cuestión es encontrar para que sirve cada uno'
Para Gaudí el trabajo era fruto de la colaboración y esta podía basarse sólo en el amor
Del libro “De la piedra al Maestro” (Etsuro Sotoo y José Manuel Almuzara)
NUESTRA PEREZA TEME A LA LIBERTAD
Hay algo en nosotros que teme a la libertad. Si somos libres, somos responsables. No podemos endosarles el muerto a los demás y echar la culpa de todo a nuestra sociedad, a nuestros padres o al Gobierno. Nuestro problema es la pereza. Esta es la razón de que las dictaduras hayan sido formas populares de gobierno. ¿Se puede pensar que la razón de que haya habido tantos dictadores a lo largo de la historia y tan poca democracia ha sido que una minoría de personas egoístas y ansiosas de dominio ha obtenido misteriosamente el poder para controlar y sojuzgar a la vasta mayoría de personas que aman la libertad? No, ha sido porque la mayoría lo ha permitido, lo ha aceptado y a veces ha elegido democráticamente a estas personas, como sucedió con Hitler, que ganó unas elecciones libres.
Peter Kreeft, Como tomar decisiones, Ed. Rialp
HABLAR MAL DE LA GENTE, DIFÍCIL DE REPARAR
Una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, y le puso como penitencia que tomara una gallina y volviera donde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo:
"Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí".
La mujer le mostró la imposibilidad: el viento las había dispersado. Ahí es donde quería llegar San Felipe.
"Ya ves -le dijo- que es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento, igual que es imposible retirar murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca".
A LA GENTE LE INTERESA EL MENSAJE RADICAL DE JESUCRISTO
“Dando clase de Teología en Periodismo hace ya años, tenía experimentado un recurso, que es una estrategia conocida, cuando la gente se distraía ante el "discurso teológico". Ante alguna pregunta de un alumno, respondo brevemente y continúo pasando inmediatamente a hablar en directo de Jesucristo, del Evangelio: "Por cierto, esta cuestión ya la plantearon a Jesús...". Al hablar del mensaje radical de Jesucristo, la gente atendía. Al hilo de la narración en la que vive y habla Jesús, la gente atiende. Porque Jesucristo siempre interesa”
(D. Pedro Rodríguez García, Profesor Ordinario Emérito de Teología de la Universidad de Navarra, en una Clase en el Colegio Mayor Mendaur, de la misma Universidad el 24-VIII-96)
TODA CHICA ES HERMANA DE ALGUIEN
Cuenta Frank Capra en su autobiografía: “En la 2ª Guerra Mundial conocí al mayor Paul Horgan*, redactor de panfletos del Ejército que les decían a los soldados cómo comportarse en países extranjeros en los que les recordaban que todas las chicas son hermanas de alguien”
La conclusión evidente: trátala como te gustaría que trataran a tu hermana...
Paul Horgan: escritor estadounidense de ficción y no ficción, católico, recibió dos Premios Pulitzer para la Historia.
NINGUNA VIDA ES INÚTIL, (FRANK CAPRA)
El director de cine explica en su Autobiografía "El nombre delante del título" el éxito de su película ¡Que bello es vivir!:
Era la película que había deseado hacer. Un filme para decirles a los cansados, a los descorazonados y a los desilusionados; al borracho, al drogadicto, a la prostituta; a aquellos tras las rejas de una prisión y a aquellos tras los Telones de Acero, que ¡ningún hombre es un fracaso!
Para mostrar a aquellos nacidos lentos de pies o lentos de mente, aquellas hermanas mayores condenadas a la soltería, y a aquellos hijos mayores condenados a trabajar sin haber conocido una educación, que la vida de cada hombre toca muchas otras vidas. Y que si él no está allí dejará un tremendo agujero.
Un filme que les decía a los oprimidos, a los empujados de un lado para otro, a los pobres: «Arriba las cabezas, amigos. Ningún hombre es pobre si tiene un amigo. Tres amigos, y eres asquerosamente rico.»
Un filme que expresaba su amor hacia los sin hogar y los sin amor; para ella cuya cruz es pesada y para él cuyo toque es ceniza; para las Magdalenas lapidadas por hipócritas y los afligidos Lázaros con sólo perros para lamer sus llagas.
Deseaba gritarlo a los abuelos abandonados que miraban con ojos vacíos en los asilos de ancianos, a los siempre entrevistados pero raras veces adoptados huérfanos mestizos, a los pobres que se niegan a morir mientras buitres médicos aguardan a arrancarles sus corazones y sus hígados, y a aquellos que reciben tratamiento de cobalto y silban... Deseaba gritar: «¡Sois la sal de la tierra, y ¡Qué bello es vivir! es un homenaje a todos vosotros!»
Y mi clase de gente vio el filme. Y tocó sus corazones, y los motivó a escribir miles de cartas, la mayoría de ellas testimonios de primera mano.
viernes, 13 de enero de 2017
Millenials: educación, tecnología, impaciencia y entorno laboral (video de Simon Sinek)
Transcripción (parcial) de un vídeo entrevista de 15 minutos a Simón Sinek
Millennials en el lugar de trabajo Transcripción del vídeo https://youtu.be/JZqDUpaGZrk
Humm ¿cual es la cuestión de millennial? Aparentemente los “Millennials” como generación, es un grupo de gente que nació aproximadamente en 1984 y siguientes.
Son difíciles de manejar, se les acusa de creerse con derechos, narcisos, egoístas, sin foco, perezosos, pero creerse con derechos es lo principal Y porque confunden demasiado el liderazgo.
Lo que pasa es que los líderes les están preguntando a los millennials
“¿Qué queréis?”
Y los millennials responden:
Queremos trabajar en un lugar con un propósito. Me encanta.
Queremos generar “Impacto” lo que sea que eso signifique.
Queremos comida gratis y puffs.
Cuando logran un trabajo con propósito, mucha comida gratis y muchos puffs, y aún así por alguna razón, todavía no son felices.
Y es porque hay una pieza que falta. Y puedo dividirlo en cuatro piezas, cuatro cosas o características: la primera es la educación, otra es tecnología, la tercera es impaciencia y la cuarta es el entorno.
1. Educación
Muchos de a los que llamamos millennials crecieron sujetos a (no son mis palabras) estrategias fallidas de educación. Donde por ejemplo, les dijeron que eran especiales. Todo el tiempo. Les dijeron que tendrían todo lo que quisieran en la vida, sólo por quererlo. Algunos recibieron galardones no porque lo merecieran sino porque sus padres se quejaron y muchos recibieron la mejor nota porque los profesores no se querían enfrentar a los padres. Algunos obtuvieron medallas de participación, les dieron una medalla por llegar de últimos. La ciencia que tenemos es muy clara, eso devalúa el valor de la medalla y la recompensa de aquellos que trabajaron duro para conseguirla. Y hace que la persona que llegó la última se avergüence porque no la merecían y eso lo hace sentir peor. Si miras a este grupo de personas, ves se gradúan, obtienen un trabajo y entonces caen en el mundo real. Y en un instante se dan cuenta de que no son especiales, que su mamá no puede conseguirles un ascenso. No te dan nada por llegar de último y a propósito, no tendrás todo lo que deseas solo por quererlo. En un instante su la imagen que se han hecho de sí mismos se viene abajo. Tienes una generación entera que crece con menor autoestima que las anteriores.
El otro problema que lo complica es que crecemos en un mundo de Facebook e Instagram. En otras palabras somos muy buenos poniéndole filtro a las cosas. Somos buenos mostrándole a la gente que la vida es asombrosa así esté deprimido. Todos tiene la apariencia de tipos duros y seguros de sí mismos, como si lo supieran todo. Y la realidad es que hay muy poca fortaleza y muy pocos lo saben todo.
Cuando alguien mayor pregunta ¿Qué podemos hacer?
Ellos dicen— ¡Esto es lo que tienes que hacer!
Y realmente no tienen ni idea. Así que tenemos toda una generación entera creciendo con una autoestima baja. Y esto no es culpa de ellos. Les ha tocado una mala situación.
2. Tecnología
Ahora añadamos tecnología. Sabemos que la interacción con las redes sociales y nuestros celulares libera un químico en el cerebro llamado dopamina. Por eso cuando recibes un mensaje, te sientes bien. Todos lo hemos sentido. Cuando estamos un poco tristes o solos que enviamos mensajes a amigos, hola, hola, hola. Porque uno se siente bien cuando le responden. Por eso contamos los likes, por eso volvemos veces a ver que está pasando. Mi instagram está subiendo lento, ¿hice algo mal? ¿no les gusto? El trauma para los chicos de ser eliminados de amigos.
Porque sabes que cuando lo logras, sientes una dosis de dopamina y se siente bien. Por eso nos gusta por eso volvemos a hacerlo. Dopamina es el mismo químico que nos hace sentir bien cuando fumamos, cuando bebemos o cuando apostamos. En otras palabras el altamente adictivo. Tenemos restricciones de edad para fumar, apostar y alcohol. Y no tenemos restricciones de edad para redes sociales ni celulares, lo que es equivalente a abrir la licorera y decirle a los adolescentes, —Mira aquí, si la adolescencia te pone triste. Eso es básicamente lo que pasa: una generación entera que tiene acceso a un adictivo, adormecedor químico llamado Dopamina a través de las redes sociales y celulares durante el alto estrés de la adolescencia. Porque es esto importante: casi todos los alcohólicos descubre el alcohol en la adolescencia.
Cuando somos pequeños la única aprobación que necesitamos es la de nuestro padres. Mientras pasamos a la adolescencia hacemos esta transición donde necesitamos la aprobación de nuestros semejantes. Muy frustrante para los padres, muy importante para nosotros porque nos permite culturizarnos afuera de nuestras familias hacía tribus externas. Es un período altamente estresante y ansioso de nuestras vidas. Y se supone que aprendamos a apoyarnos en nuestros amigos. Algunas personas por accidente descubren el alcohol y los efectos tranquilizantes de la dopamina que les ayuda a sobrellevar el estrés y ansiedad de la adolescencia. Por desgracia eso queda programado en sus cerebros y por el resto de sus vidas. Cuando sufren un estrés importante, no acudirán a una persona, acudirán a la botella. Estrés social, estrés financiero, estrés profesional son las razones principales por las que un alcohólico bebe. Lo que pasa es que permitimos acceso ilimitado a estos aparatos y redes productores de dopamina que los están programando y lo que vemos cuando crecen es que muchos chicos no saben cómo formar relaciones profundas ni significativas. Son sus palabras, no las mías. Admitirán que muchas de sus amistades son superficiales, admitirán que no cuentan con sus amigos, se divierten con ellos, pero saben que ellos les cambiarán de plan si aparece algo más interesante. No hay relaciones profundas porque nunca practicaron las habilidades necesarias y peor aún.no tienen los mecanismos para lidiar con el estrés. Cuando aparece algún estrés importante en sus vidas no acudirán a una persona, acuden a un aparato, acuden a las redes sociales. Acuden a estas cosas que les ofrecen alivio temporal.
La ciencia demuestra que la gente que pasa más tiempo en Facebook sufre índices más altos de depresión que quienes pasan menos tiempo. En estas cosas hay que lograr la medida, el equilibrio: el alcohol no es malo, pero mucho alcohol sí es malo. Apostar es divertido, pero apostar mucho es peligroso. No hay nada malo con las redes sociales ni los móviles, es la falta de medida. Si estás cenando con tus amigos y mandas mensajes a alguien que no está ahí, eso es un problema, es una adicción.
Si estás en una reunión con gente que supuestamente deberías estar escuchando y hablando. y pones tu teléfono sobre la mesa, boca arriba o boca abajo, no me interesa, estás enviando un mensaje inconsciente a todos: “En este momento vosotros no sois tan importantes para mi” Y el hecho de que no puedas poner el móvil lejos es porque eres un adicto. Si te levantas y miras tu móvil antes de decir buenos días a tu pareja, tienes una adicción. Y como toda adicción con el tiempo, destruirá relaciones, costará tiempo, costará dinero, y hará tu vida peor.
Toda una generación está creciendo con baja autoestima. No tienen los mecanismos de supervivencia para lidiar con el estrés.
3. Impaciencia
Ahora añádele la sensación de impaciencia. Crecieron en un mundo de recompensa instantánea.
¿Quieres comprar algo? vas a Amazon y llega al siguiente día.
¿Quieres ver una película? Accede y mira la película, no tienes que ver las horas de las películas.
¿Quieres ver una serie de TV? ¡Bam! Ni siquiera tienes que esperar cada semana. Conozco gente que se salta temporadas enteras, solo para poder ver la serie al final. Recompensa instantánea.
¿Quieres salir con alguien? Ni siquiera tienes que aprender a ser… hey! No tienes que aprender ni practicar esa habilidad, no tienes que estar en ese mundo incomodo donde ella dice si y significa no, no significa sí. Solo desliza y ¡bing! soy un galán. No tienes que aprender los mecanismos sociales de supervivencia. Todo lo que quieres lo puedes tener instantáneamente. ¡Todo lo que quieras!
Recompensa instantánea, excepto en satisfacción laboral y en fortaleza en las relaciones humanas: No existe un app para eso; son procesos lentos, serpenteantes, incómodos y desordenados. Me sigo encontrando estos chicos maravillosos, fantásticos, idealistas, trabajadores e inteligentes que se acaban de graduar.
Apenas empezando en un trabajo, me siento con ellos y les pregunto
—¿Como va todo?
Y ellos dicen
—Creo que voy a renunciar.
Y pregunto
—¿Por qué?
Ellos dicen —No estoy logrando un impacto.
— ¡Pero si llevas aquí sólo ocho meses!
Es como si se pararan al frente de una montaña y tienen este concepto abstracto llamado impacto que quieren tener en el mundo. Eso es la cumbre, lo que no ven es la montaña. No me importa si subes la montaña rápido o lento, pero sigue habiendo una montaña que subir. Lo que tiene que aprender esta joven generación es paciencia, que ciertas cosas, las que de verdad importan, como el amor, el éxito laboral, la alegría, el amor por la vida, la auto estima… Cualquiera de estas cosas toma tiempo, y aunque algunas veces puedes avanzar rápido en ciertos tramos, el viaje completo es arduo, largo y difícil. Y si no buscas ayuda y aprendes las habilidades, te caerás de la montaña.
El peor de los casos (que ya lo estamos viendo) es el incremento en porcentajes de suicidios entre gente joven, vemos el incremento de muertes accidentales debido a sobredosis de drogas. Hay mas y mas chicos abandonar la escuela o tomar pausas largas debido a depresión. Inaudito. Esto es bastante malo.
El mejor de los casos es que tendrás un sector entero de población creciendo y yendo por la vida sin encontrar nunca alegría. Nunca encontrarán realización profunda en su trabajo o en la vida. Pasarán por la vida diciendo que todo está bien.
— ¿Como va el trabajo?
— Está bien, igual que ayer.
— ¿Como va tu relación?
— Bien
Ese es el mejor escenario posible.
4. Entorno
Lo que me lleva al cuarto punto que es el ambiente, el entorno.
A este grupo de chicos sorprendentes y fantásticos a los que les ha tocado esta mala situación -no es su culpa- los estamos colocando en ambientes corporativos donde importan más los números que los chicos. Importan más las ganancias a corto plazo que las vidas a largo plazo de estos jóvenes. Importa más este año que toda una vida. Los ponemos en ambientes corporativos que no les están ayudando a construir confianza, que no les están ayudando a aprender habilidades de cooperación; no les ayudan a superar los desafíos del mundo digital y encontrar un equilibrio, hacer las cosas con medida. No les ayuda a superar la necesidad de tener recompensa instantánea. Y enseñarles la felicidad, el impacto y la realización que obtienes trabajando duro por mucho tiempo en algo que no se puede lograr en un mes ni en un año. Los metemos en ambientes corporativos y la peor parte es que ellos creen que es su culpa. Estoy aquí para decirles que no son ellos los culpables sino las corporaciones. Es el ambiente corporativo, la falta total de buen liderazgo en el mundo hoy lo que les está haciendo sentir así. Lamento decirlo pero es responsabilidad de las compañías.
— Siento que te haya tocado a tí, pero no teníamos otra opción.
Ojalá la sociedad y los padres hubieran hecho una mejor labor pero no.
Ahora los metemos en las compañías y recogemos la flojera. Tenemos que trabajar muy duro para encontrar las maneras de construir su confianza, tenemos que trabajar mucho para encontrar formas de enseñarles las habilidades sociales que les faltan.
No debería haber móviles en las salas de reuniones. Ni tampoco sentarse afuera para mandar mensajes, cuando estas esperando a que una reunión comience. Esto es lo que hacemos, nos sentamos así y esperamos a que la reunión comience.
- Ah ¿Comenzó la reunión? Vale.
Así no es como se estrechan relaciones humanas. Son las “pequeñas cosas” de las que antes hablábamos. Las relaciones se forman de esta manera, mientras esperamos a que empiece la reunión nos ponemos a hablar, por ejemplo:
— ¿Cómo está tu padre? He oído que estaba en el hospital.
— Está mucho mejor, gracias por preguntar, ya está en casa.
— Oh me alegra.
— Sí, es fantástico. Nos asustamos mucho.
Así se forman las relaciones
— Hola, ¿tienes ya preparado el informe?
— Oh no lo he hecho aún.
— Yo te puedo ayudar.
— ¿En serio?
Así es como se crea la confianza. La confianza no se forma por una acción, en un día; ni siquiera los malos momentos no se forman inmediatamente. Es fruto de una constancia lenta y permanente. Tenemos que crear mecanismos en donde permitamos que esas pequeñas interacciones sucedan.
Pero cuando permitimos móviles en las salas de reuniones simplemente, Vale, tengo mi reunión. Y mi situación favorita es cuando estás hablando con uno y miras tu móvil y cuando suena y ves quien es, le dices al que está contigo:
— "No voy a contestar”
¡Vaya con el señor magnánimo!.
Cuando voy a cenar con mis amigos, dejamos los móviles en casa. Tal vez uno traiga su móvil por si tenemos que pedir un Uber o tomar una foto de nuestra comida.
—Bien, da igual, soy un idealista pero no estoy loco.
Es como un alcohólico, la razón por la que quitamos el alcohol de la casa es porque no podemos confiar en el poder de nuestra voluntad. No somos lo suficientemente fuertes, pero cuando quitas la tentación, es todo más fácil. Pero cuando dices, no mires tu teléfono, la gente dirá que sí pero luego irá al baño y ¿que es lo primero que hacemos? Miramos el teléfono porque no queremos mirar el restaurante por unos minutos.
Pero si no tienes el teléfono, simplemente disfrutas el mundo. Ahí es donde pasan las ideas, las constantes interacciones no es donde tienes innovación e ideas. Las ideas pasan cuando nuestras mentes divagan. Cuando ves algo y dices — apuesto que puedo hacer eso. Eso se llama innovación. Estamos perdiendo esos pequeños momentos.
Nadie debería cargar su teléfono al lado de la cama, deberíamos cargar nuestros teléfonos en la sala, así quitamos las tentaciones. Si te levantas en medio de la noche sin poder dormir, no verás tu teléfono, eso te empeoraría. Si está en la sala, estás relajado, todo va bien. Alguno dirá: ¡No puedo, es mi reloj despertador! Bien, pues cómprate un reloj despertador. Cuestan 8 dólares. Yo te compro uno.
lunes, 7 de marzo de 2016
"El chico de azul", cuando una danesa agnóstica se enamora de un español católico
- Camilla Hecquet Nielsen, danesa, cristiana luterana no practicante, casada con español, fue entrevistada por el periodista José Miguel Cejas.
- Camilla le contó su noviazgo y su matrimonio con Manuel, un joven español, católico practicante, al que conoció en un Erasmus.
- La entrevista está recogida en el libro Cálido viento del norte, Editorial Rialp, 2015, del mismo autor de esa entrevista, que habla de cristianos de los países escandinavos que viven contra las corrientes dominantes de pensamiento.
Era abril del 99 y en aquella fiesta éramos todos daneses, menos uno, el exótico. Yo iba a la moda de entonces: botas militares, pantalones vaqueros, blusa blanquinegra, el pelo rapado y teñido de rojo: un look estilo Nirvana, pero no demasiado grunge. Estábamos bailando y escuchando música de los Backstreet boys y otros grupos. Yo era una chica danesa normal y corriente de diecinueve años. Estudiaba para fisioterapeuta y vivía en mi piso de Copenhague, independizada de mi familia: una familia con varios medio hermanos, fruto de anteriores relaciones de mis padres, como suele pasar en Dinamarca. El marido de mi madre dirigía un coro, por lo que tuve una infancia muy musical, en la que gocé de todas las libertades del mundo. Me encantaba la gimnasia rítmica, cuanto más movida mejor. Tocaba la batería, y no sé qué más puedo contarte, salvo que tras conocer al exótico de la fiesta, todo cambió.
Era un erasmus, un chico español alto y fuerte que llevaba una camisa azul marino. No sé por qué a los chicos españoles les gusta tanto ese color: cuando no saben qué ponerse, eligen algo azul marino. Empecé a hablar con el chico de azul y quedarnos para tomar algo en un bar de Osteport. Era simpático, divertido y me parecía igual que todos, hasta que un día le pregunté qué había hecho esa mañana. - He ido a misa -me dijo- y luego me he puesto a estudiar. iA misa! Me quedé aterrada, aunque lo disimulé. Imaginaba que sería católico por donde había nacido, igual que yo era luterana por el hecho de ser danesa, pero eso eran cuestiones sin importancia. Cuando tenía trece años le dije a mi madre que no quería prepararme para la confirmación y que solo pensaba acudir a la fiesta. Supuse que me iba a contestar, como siempre: «Ah, muy bien», porque en mi casa no éramos creyentes ni hablábamos de religión. Solo íbamos a la iglesia en Navidad para escuchar a los coros o con motivo de un funeral, porque eran costumbres y obligaciones sociales, nada más. Sin embargo, mi madre me dijo “No, Milla: es mejor que sepas a qué dices «no». Si no serás una ignorante de todo” Al final fui a las clases porque iban algunos de mi pandilla y me confirmé para estrenar un vestido nuevo como mis amigas. Y ahí acabó la cosa.
Pero ahora mi chico creía firmemente en Dios y era al mismo tiempo -eso me sorprendía- muy divertido; y hacía una sangría estupenda. Me enamoré de él con cierto temor, porque pensaba que querría imponerme su religión, hasta que comprobé, con hechos, que me respetaba. Y me quedé de una pieza cuando me dijo que no quería tener relaciones hasta el matrimonio. «Eso dice, veremos si es capaz», pensé. Pero su comportamiento me confirmó sus palabras. Mis amigas no lo entendían: «¿Por qué no probáis a vivir juntos para ver si lo vuestro funciona? Conocerse es muy importante». Pero él tenía una concepción distinta del matrimonio. «Los coches -me explicaba- se prueban, y si no te gustan, los dejas. Pero una mujer no es un objeto, ni una máquina para probar. No es un kleenex que se usa y se tira, y tú lo sabes mejor que yo: lo que deseáis, sobre todo, es ser amadas. Por eso, lo más decisivo en un matrimonio no es comprobar qué pasa cuando uno de los dos deja tirada la toalla del cuarto de baño en cualquier parte. Hay cosas más importantes, ¿no te parece?». Yo estaba de acuerdo y esto me hacía reflexionar, porque en Dinamarca las cosas suceden así: tienes dieciséis o diecisiete años, conoces a un chico y te vas a vivir con él. O lo llevas a casa de tu familia, o con quien vivas -si vives con alguien- y es uno más. Puedes tener un hijo con él, pero si luego te gusta otro, le dejas. Si te apetece, te casas; si no, no. Qué bonito sería que el amor durara toda la vida; pero como no es así, es frecuente que a los ochenta años te encuentres sola, en una residencia de ancianos donde van a visitarte de vez en cuando los hijos y nietos de tus diversos matrimonios. Y eso es muy triste. Mi madre tampoco lo entendía: -”¿Os vais a casar sin haber convivido antes? ¿Estás loca?” Pero yo seguía reflexionando. Y seguía charlando con Manuel de esto (en inglés, claro, porque él no sabía danés ni yo castellano). Los domingos iba con él -solo por acompañarle- a una misa en inglés para estudiantes extranjeros. Al terminar, nos reunimos con los que habían ido para socializar un poco. Había algunos daneses y allí la exótica era yo, porque no sabía prácticamente nada del cristianismo. Sin embargo, me gustaba aquel ambiente y me atraía, sin saber por qué. Como lo nuestro iba cada vez más en serio y proveníamos de mundos tan diferentes, hablamos mucho de estas cuestiones. Él era creyente y tenía una idea del matrimonio, de la familia y de la educación de los hijos distinta de la mía: mi única referencia era lo que había visto en mi país.
Después de hablar con claridad de las cuestiones fundamentales, vimos que estábamos de acuerdo en todo y decidimos casarnos. Ahora los novios hablan muy poco de esos temas y me parece un error, porque solo cuando se abordan a fondo se puede tomar una decisión madura. Antes de la boda, Manuel y yo sabíamos perfectamente cómo pensábamos acerca de la vida conyugal, del uso del dinero o de la educación que queríamos para nuestros hijos porque habíamos hablado mil veces de eso. Desde luego, nos conocíamos más y mejor que algunos amigos nuestros que se habían ido a vivir juntos tras cuatro noches de fiesta. Comencé a leer por mi cuenta algunos libros sobre el catolicismo y estuve charlando con Richard Hayward, un sacerdote inglés que me puso en contacto con una chica sueca del Opus Dei que había sido luterana, a la que le pregunté por mi futura vida como esposa de un católico. Durante aquel proceso no me sentí presionada en ningún momento: ni por Manuel, ni por su familia -gente creyente y practicante-, ni por el sacerdote, ni por esa chica. Como la mayoría de las personas de mi país, soy muy independiente y solo hago aquello de lo que estoy convencida. Por mi educación liberal me gustaba aquel respeto por parte de todos. Manuel nunca me dijo, ni me sugirió siquiera: «Milla, para casarte conmigo sería bueno que te hicieras católica». Jamás.
Nos casamos el 11 de julio del 2003 y en noviembre nos fuimos a vivir a Múnich, donde nació Ana, nuestra hija mayor. Él tenía que viajar mucho por razones de trabajo, y yo, a medida que la niña iba creciendo, me sentía aislada, porque no conocíamos a nadie allí, salvo a unos matrimonios que se reunían una vez al mes para charlar sobre las enseñanzas de la Iglesia. Como hablaban en alemán, ni Manuel ni yo no acabábamos de pillar todo lo que decían; pero lo poco que entendía me gustaba. Me acordé de la chica sueca de Copenhague y me puse en contacto con algunas mujeres del Opus Dei en Alemania. No iba en busca de la fe: solo quería tener más personas conocidas en la ciudad. Me presentaron a una madre de familia con la que hice amistad, y me dio unos consejos muy buenos: me animó a querer a Manuel tal y como era, con sus virtudes y defectos, sin obsesionarme con ellos y sin reñirle constantemente por tonterías. Me dijo que confiara en él y reservara tiempo para nosotros dos; y que cuando llegaran más hijos, no le relegara a un segundo plano en mi corazón. - “Porque a Ana y a tus futuros hijos los cuidarás y los mimarás -me decía-; pero a él corres el riesgo de no cuidarle y mimarle todo lo que necesita.”
Me presentaron a un sacerdote, el doctor Irrgang, que al principio solo me preguntaba por mis problemas como madre de familia joven: fui yo la que le propuse que me explicara algunos puntos de la fe. Y así, dando un paso tras otro, decidí ser católica. Hice la primera comunión y la confirmación el 26 de junio del 2005 en la Theatinerkirche de Múnich, una iglesia preciosa. Mi familia pensaba que me había hecho católica por conveniencia y no como fruto de una decisión propia. Hasta que vieron con sus propios ojos que aquello no había sido «una solución de compromiso», sino un compromiso personal; y que mi fe no es como esas botas de nieve que te quitas cuando llega el buen tiempo: es mi vida. Ahora mi madre está empezando a hacerme preguntas: «¿y qué dice el Papa sobre...?». Por las experiencias que he visto, he concluido que eso de irse con un chico para vivir a prueba, al poco de haberse conocido, es una locura; y no lo contrario. Muchos, en cuanto se presenta la primera dificultad, se separan. Y en ocasiones hay un hijo por medio. ¿y ese hijo? ¿Alguien ha pensado en él, en su vida y en su sufrimiento? Desgraciadamente, en estos momentos divorciarse te lleva menos tiempo que comprar una lavadora nueva. Otra locura. Mi madre se ha vuelto a quedar sola, porque su nuevo marido se ha ido con otra mujer. Y tanto yo como mis hijos, aunque son pequeños, somos testigos de su dolor, que también es nuestro dolor. Además, resulta muy difícil explicarles ciertas cosas a los hijos a determinadas edades. No lo comprenden. Hay que ponerse en su piel: viene alguien de tu familia a pasar unos días y te presenta a su esposa o a su esposo; y en la siguiente visita aparece con otra persona... Todo esto es muy duro, duele. Y en ocasiones, tu familia no entiende que deseas educar a tus hijos de otra manera, y que no quieres que presencien determinadas cosas, ¡y que tienes derecho a hacerlo! Porque los niños sufren. Yo lo he vivido y lo he padecido en mi propia carne: no son teorías. No hay vida sin dolor, que nos llega a todos por un camino o por otro, pero hay unos estilos de vida que llevan a la alegría y otros a la tristeza. Y mi experiencia personal es que la fe lleva a la felicidad. Es curioso: muchas personas se apartan de la cruz de Cristo en busca de la felicidad, cuando la felicidad plena se encuentra en Cristo. La alegría nace del sacrificio, del amor, de la entrega de uno mismo. Hay unas palabras de san Josemaría que he meditado mucho: «La alegría tiene sus raíces en forma de cruz». Esas palabras no me gustan porque sean poéticas. Aprecio la poesía, pero soy, como buena danesa, una mujer práctica. Esas palabras me gustan porque son verdaderas.
Post data del autor de la entrevista (Cuando transcribí su testimonio y se lo envié a Camilla por correo electrónico para que lo aprobara, al igual que hice con el resto de los testimoniantes, me sorprendió que tardara en responderme. Al final recibí su correo en el que me explicaba la causa de su tardanza: ¡Acababa de tener un nuevo hijo! El séptimo. La felicité y me contestó: - Muchas gracias. Manuel y yo estamos muy contentos, aunque ahora, con siete niños en casa... ¡tenemos que correr un poco más!).
lunes, 15 de febrero de 2016
Hablar de Dios a ateos idealistas
Walter Ciszek, un jesuita norteamericano de origen polaco estuvo 23 años en la Unión Soviética, cinco de ellos en la temible cárcel de Lubianka y quince en un campo de prisioneros, auténticos esclavos al servicio de la economía comunista soviética. Acaba de publicarse por Palabra “Caminando por valles oscuros” sus memorias espirituales de esos años. Recojo, por su utilidad en un mundo materialista y agnóstico, su experiencia de los últimos años que estuvo en la URSS, ya “libre” pero controlado por el KGB, sin autorización para salir de una ciudad siberiana ni de celebrar culto público, pero en los que pudo hablar de Dios, con prudencia, a muchos comunistas, a menudo desencantados con su humanismo ateo, que no satisface con sus respuestas
La policía secreta se presentó
un día de madrugada y me dio cuarenta y ocho horas para salir de la ciudad. No
perdieron el tiempo con argumentos ni explicaciones. Me dijeron que me
arrestarían si pasados dos días seguía allí. El agente al mando me dijo fríamente
y sin rodeos:
- Wladimir Martinovich, te voy a dejar clara una cosa: en Abakán no
volverás a dedicarte a lo que has venido haciendo aquí y en Norilsk, o acabarás
donde empezaste, ¿te queda claro?
No mencionó mi sacerdocio ni la
religión, pero ambos sabíamos a qué se refería. De manera que, cuando llegué a
Abakán, empecé a trabajar en un garaje de la ciudad, el ATK-50,(...) logré
trasladarme a vivir con una familia con la que me había encariñado, me trataban
como a un miembro más de la familia y me alegró poder quedarme con ellos. Por
otra parte, mi nuevo alojamiento me brindaba intimidad y la posibilidad de
celebrar misa a diario sin temor a interrupciones. Cuando acababa mi tumo en el
garaje, no solía haber nadie en casa excepto Babushka, la abuela, por lo que
antes de cenar podía decir misa o rezar tranquilamente. Babushka y yo enseguida
nos hicimos amigos y por la noche, al regresar a casa, siempre había
esperándome un tazón de sopa caliente o kasha.
Aquellos años en Abakán se convirtieron en mi primera y auténtica
oportunidad de participar de cerca en la vida cotidiana y familiar de la Unión Soviética.
Pasaba muchas horas hablando con la familia y con sus amistades, y acabé
conociendo a una gran diversidad de gente: desde los que trabajaban en el garaje
y en otros sitios hasta los miembros del partido que se dejaban caer
constantemente para charlar con su antiguo colega del concejo municipal. De
hecho, su casa era el centro de reunión de todo tipo de gente y recibía un
permanente aluvión de visitantes. Aquello también suponía una ventaja para mí:
en medio de tantas idas y venidas, la
gente podía venir a mi casa y quedarse hablando conmigo en privado de religión
sin que llamáramos demasiado la atención. Al principio, fui extremadamente
prudente en Abakán y no mencioné que era
sacerdote ni me embarqué en ningún apostolado. Pero poco a poco se fue sabiendo:
un amigo se lo contaba a otro Y muy pronto
volví a estar ocupado, no de manera oficial ni con grandes grupos de gente,
sino de uno en uno o por parejas. Aconsejaba,
dirigía, confesaba y bautizaba a los niños, y ungía a los enfermos y moribundos. Una vez más, me asombraban la fe y la perseverancia de
aquella gente y los sacrificios que estaba dispuesta a hacer en defensa de su
fe. Y mi amor hacia el pueblo ruso creció más que nunca.
El ciudadano soviético de a pie no se deja engañar por la
propaganda. Como cualquier ser humano, anhela una vida más rica y plena, busca
un significado más profundo a su vida
que las cosas materiales prometidas (y no facilitadas) por el comunismo o la construcción de la sociedad socialista
perfecta que promete la “gloriosa revolución”. Está orgulloso de los logros
de su país, orgulloso de lo que ha conseguido en unas pocas generaciones, y no se cuestiona demasiado el sistema en que
vive. Pero tanto a él como a sus amigos les preocupan los mismos problemas que
a la gente de todas partes y buscan respuestas. No están seguros de que esa respuesta esté en la religión, e incluso sospechan de ella y de las
iglesias, pero quieren respuestas
más satisfactorias a su anhelo interior y a sus preguntas que las que el
comunismo les ha ofrecido hasta ahora.
Por propia ideología, el comunismo se ocupa del humanismo: a
ese fin dirige todos sus esfuerzos. Ningún
sistema social del mundo concede tanto prestigio al hombre como el comunista,
al menos en teoría y en la propaganda. La literatura, la cultura, la
educación, el trabajo, la ciencia, el derecho, la medicina, la mano de obra y
toda la riqueza del país están al servicio del bien del pueblo. Por todas
partes hay eslóganes que rezan “todo por el hombre”. Suele citarse con
frecuencia la frase de Gorki de que la palabra hombre suena hermosa, y a los
niños en las escuelas y a los obreros en las fábricas se les repite que no hay
nada en el mundo tan valioso como el ser llamado hombre. Para el uso diario se han creado expresiones concretas que
ensalzan la bondad de la naturaleza humana. Se ha construido toda una ética en torno al tema que ha
penetrado en el orden social. Cuando
las autoridades o algún camarada reprenden
a un ciudadano por una falta o error, le recuerdan su obligación de ser alguien
humano, de tener conciencia, de ser honesto y hombre de palabra. A los
niños y a todo ciudadano soviético se les inculcan con feroz insistencia las
características fundamentales del ser humano. El hombre comunista, el hombre del nuevo orden social, debe ser superior al resto, porque de él
depende la conversión del mundo al comunismo, a la libertad, a la
fraternidad y a la justicia para todos.
El partido y el gobierno hacen
uso de todos los medios a su alcance para educar a los ciudadanos en el nuevo
espíritu del comunismo. Los medios de comunicación, los teatros, el arte y la
literatura, las escuelas, los sindicatos y las asociaciones creadas en todo el
país con ese propósito recalcan el mismo tema. Ni siquiera los espectáculos y
el arte quedan libres de esta insistencia -a menudo molesta- en las virtudes
del nuevo hombre comunista, en la dignidad del trabajo a favor de una causa, la
necesidad de ser honesto y respetar la ley, la fraternidad y la obligación de
hacer y aceptar las correcciones con fraternal camaradería. Se ensalzan las nociones más elevadas del
amor y la caridad; el egoísmo, la pereza y la codicia son los principales
enemigos. El objetivo consiste
en preservar el bien común, hacer por
humanidad lo que la humanidad nunca ha logrado hacer.
No cabe duda de que esta propaganda constante ejerce sus
efectos. Uno de sus logros palpables
consiste en un espíritu de camaradería
inexistente en cualquier otro lugar. Otro es el genuino orgullo que provoca en la gente su propio éxito,
tanto si se trata de cumplir un plan quinquenal como de la construcción de una
presa o una fábrica nuevas, una buena cosecha o el mero hecho de atenerse a las
normas diarias que rigen en el puesto de trabajo. El sentimiento de haber
enriquecido el suelo patrio de uno u otro modo hace sentirse a la gente
partícipe de las cosas y orgullosa del sistema. Son incapaces de entender el
capitalismo y así lo manifiestan abiertamente. Han visto exaltados una y otra vez su sistema y sus logros a lo largo
de toda una generación y han acabado creyendo en ellos: simplemente, los
dan por hecho y piensan que así deben ser las cosas. Y no tiene nada de
sorprendente. En Occidente se produce el
mismo efecto psicológico a través de la publicidad de todo tipo de
productos: coches, casas, jabones y desodorantes, modas e incluso pornografía.
El estilo de vida americano se pinta a todo color y la gente acaba creyendo que
debe poseer todas esas cosas: hasta el punto de endeudarse o solicitar un
crédito con tal de contar con lo último y estar al día de las modas o novedades
más recientes.
Pero nada de todo eso satisface a la gente. Quizá exista una aceptación inconsciente, como un
reflejo condicionado, de las premisas y los objetivos constantemente repetidos,
pero existe también un sentimiento
vagamente percibido y tal vez igual de inconsciente de que en la vida debe
haber algo más que los bienes o los logros materiales, tanto individuales como
colectivos. Con mucha frecuencia tomé parte en discusiones sobre el
significado de la vida y la cuestión de la moral con obreros corrientes, con esposos, esposas y abuelas comunistas,
desde los más sencillos a los más instruidos. No hacía falta que iniciara yo esas conversaciones: la machaconería del
eslogan “todo por el hombre” es el equivalente comunista de los anuncios de
televisión, y una noticia, un documental
e incluso algún programa cultural o de entretenimiento bastaban para suscitar reacciones
y dar comienzo a las discusiones.
La mejora de la humanidad, la
noción abstracta de humanismo o la idea
glorificada del hombre son ideales muy tenues que enseguida pierden el poder de inspirar o satisfacer frente a la
experiencia diaria y la repetitiva monotonía de la vida. Uno puede
dedicarse temporalmente al objetivo de
servir a la humanidad sufriente, puede ponerse como meta la idea de fraternidad; pero, dada la naturaleza humana y su
condición -y los fallos humanos
demasiado frecuentes-, es difícil mantener y perseverar en esos momentos de
inspiración sin alguna motivación más honda y de peso. Para la ideología
comunista, para el comunismo ateo, no
hay nada más que el hombre y el mundo material; por lo demás, solo existe una vaga visión de cierta
futura sociedad perfecta, de un estadio mejor y más elevado de la humanidad
que se dará en una edad dorada aún por
llegar, para la que hasta los
apologistas más doctrinarios del comunismo hace mucho que renunciaron a fijar
una fecha. De repente, los comunistas de hoy en día se han encontrado en la
misma posición que aquellos cristianos de los siglos I y II que empezaron a
comprender que la Parusía ,
la segunda venida de Cristo, no estaba a la vuelta de la esquina. Irónicamente, la futura edad de oro del comunismo
ahora es contemplada por el ciudadano corriente, y especialmente por los
jóvenes, con el mismo desdén que los portavoces comunistas solían reservar para
la religión, descrita como meros “castillos en el aire”. Al fin y al cabo, el hombre solo es un hombre, sobre todo si
se trata del vecino de al lado con
todos sus pequeños defectos, o ese tipo estúpido que trabaja en la mesa pegada
a la tuya, el carnicero o el dependiente tramposos, el conductor del autobús
maleducado e impaciente, el agente de tráfico brusco y malhumorado, el
miembro del partido que te habla a gritos o es un arribista, el encargado de la
tienda o el jefe sindical antipáticos, o los niños malcriados y desobedientes
del vecino. Puede que el enfermo y el
afligido te inspiren compasión y te sientas inclinado a ayudarlos; puede que te conmuevan los relatos de las
víctimas de la guerra o de las catástrofes naturales; pero cuesta experimentar
compasión o sentimientos fraternales hacia aquellos con quienes te codeas y
cuyos defectos demasiado humanos contemplas todos los días. ¿Qué derecho tiene
el hombre de la calle sobre mí? ¿Por qué tengo que tratar con el energúmeno que
vive al lado o que trabaja conmigo movido por cierto ideal noble pero
totalmente abstracto de fraternidad? Amar a la familia y a los amigos es
una cosa -nace de la propia naturaleza humana y de los vínculos que crean el
sacrificio mutuo y las cosas compartidas-; pero amar a la humanidad en
general... ¿qué significa eso?
¿Y cómo explicar los grandes males del comunismo?
Aquella gente conocía el terror de la época de Stalin; prácticamente
todo nuestro entorno tenía un amigo, un familiar o sabía de alguien que había
estado en los campos de prisioneros de Siberia. ¿Dónde se veía ahí el tan cacareado “humanismo”? O los abortos. Pensemos en los abortos.
Solo en nuestra pequeña ciudad se
practicaban cincuenta y seis abortos diarios -basta con repasar las
estadísticas oficiales-; ¿y qué decir del resto de la Unión Soviética ?
¿Es ese un modo de promover el humanismo? En
la Unión Soviética
el aborto es legal. Cualquiera que lo desee puede abortar. El gobierno afirma que se debe legalizar
para evitar abusos privados. Los sueldos del marido y la mujer apenas bastan
para mantener a uno o dos hijos así que todo el mundo quiere abortar. Pero es
un tema que les inquieta. Las salas de espera contiguas a las salas de abortos
de las clínicas estaban llenas de carteles que, lejos de elogiarlo, informaban
a las pacientes de las posibles secuelas psíquicas y físicas que la
intervención podía provocar. Los médicos
-mujeres en su mayoría-, las enfermeras y el resto del personal intentaban
disuadir a las pacientes. Pasados los años, las mujeres confesaban que no
podían librarse de los sentimientos de culpa. Y no eran “creyentes”, sino
mujeres y chicas que habían recibido una educación totalmente atea en las
escuelas soviéticas.
Incluso para el comunismo se
trata de un asunto relacionado básicamente con la vida y la muerte, con el bien
y el mal. Si ya desde sus inicios la
vida se trata con tanta ligereza, decía la gente, ¿quién va a evitar que se
extienda esa mentalidad? ¿La sociedad? Difícilmente. La sociedad ni
siquiera es capaz de lidiar convenientemente con los problemas de delincuencia
actuales ni con otros desórdenes sociales. Y, cuando una sociedad apoya el mal,
¿dónde acabará? ¿Se puede confiar en que
el hombre resuelva él solo los problemas de la humanidad? Contemplad la
historia y hasta dónde han caído, una y otra vez, los países civilizados.
Poco a poco, en esas conversaciones iba sacando la idea de Dios y de la
religión, de la naturaleza humana caída y de la redención, de Cristo y de su
reino. Naturalmente, lo que dijera o
hasta dónde llegara dependía de con quién estuviese y de su disposición a
escucharme. Mis amigos más cercanos
sabían que era sacerdote y a veces escuchaban gustosamente; con otros me
limitaba a declararme “creyente” sin ningún rubor y aguardaba su reacción para
saber hacia dónde dirigir la conversación.
Algunos sentían curiosidad y me hacían preguntas; otros simplemente se
encogían de hombros; había quienes atacaban con acritud la religión y a la Iglesia. Sus ataques
solían centrarse siempre en los abusos que constituyen el plato fuerte de toda
la propaganda atea contraria a la religión: la codicia de la Iglesia y la venta por parte de sacerdotes y monjes de velas
e iconos con afán de hacer negocio; las
perversiones sexuales de monjas y sacerdotes; la influencia y el poder político
de la Iglesia
en la época de los zares; las extrañas prácticas ascéticas y las
penitencias de los “santos”, e incluso las torturas de la
Inquisición. Cada una de las acusaciones a las que han dado pie la Iglesia o los clérigos con
sus errores humanos se exponen
detalladamente en las clases de ateísmo impartidas en las escuelas y se exhiben
en los museos públicos ateos. Esa es la única faceta de la Iglesia de la que ha oído
hablar el ciudadano normal de esta generación, de modo que su antipatía hacia la Iglesia y la religión,
basada en medias verdades y distorsiones, es comprensible. Yo no intentaba defender ese tipo de cosas -solo Dios sabe si son
defendibles-, sino que procuraba reconducirlas hacia las verdades de la fe
relacionadas con nuestra conversación previa sobre el significado de la vida y la fraternidad humana.
Hablaba de Dios tal y como creía en Él, de la creación y del plan divino
en relación con el hombre y el mundo. Hablaba de la caída y del pecado, del rechazo de Dios y del plan divino por parte del
hombre, del desorden introducido en el mundo y de los males que aquejaban a
la raza humana a causa de ese desorden que llamamos pecado. Hablaba de la promesa divina de un Redentor y de la
venida de Cristo. Hablaba del ejemplo que nos dejó Él de una vida humana
perfecta, en la que cada pensamiento y cada obra estuvieron dedicados a
hacer la voluntad de Dios, la voluntad
del Padre, y así volver a restaurar el orden perfecto en que consistía
originariamente el plan divino para toda la humanidad. Hablaba de cómo Cristo había sufrido todas las
humillaciones que el ser humano es capaz de sufrir, desde un nacimiento humilde
hasta la pobreza; hasta treinta años de una vida de trabajo rutinaria y
monótona en una aldea pequeña y remota; hasta el rechazo, el sufrimiento, el
dolor y, finalmente, la muerte: el final al que se enfrenta todo hombre.
Hablaba de su resurrección y de su victoria sobre la muerte: el hecho central
de toda la fe cristiana, que nos proporciona la absoluta certeza de que existe
una vida después de la muerte, una vida después de esta vida; la certeza de que
el hombre y su existencia en la tierra tienen un sentido que trasciende la
muerte.
Les decía que su venida era el
comienzo de una nueva era, de un reino nuevo: el comienzo -y solo el comienzo-
de una nueva creación del mundo de
acuerdo con el plan original de Dios al que todos nosotros debíamos entregarnos
en cuerpo y alma para perfeccionarlo y llevarlo a su plenitud. Les
explicaba lo que enseñaba sobre la paternidad
de Dios, lo único que daba sentido a la fraternidad de los hombres; sobre
el amor, la justicia, la verdad, la honradez, el sacrificio de uno mismo y la conformidad
con la voluntad de Dios, que constituyen el fundamento de la moral cristiana y del perfeccionamiento del reino
que Cristo vino a instaurar en la tierra. Y, finalmente, les hablaba de la fe y la esperanza que ofrecía
a los hombres, no solo en un futuro mejor, en ilusorios “Castillos en el aire”,
sino en la posibilidad de redimir este mundo y a toda la humanidad.
No pretendía convertir a nadie,
sino que contribuía con estos temas a las conversaciones que surgían
espontáneamente en torno al significado de la vida y de la humanidad, a la
fraternidad y al sentido de dedicarse a trabajar por una vida mejor, al mal en
el mundo y a la moral, a la libertad y a la paz. Si en el curso de esas enmarañadas discusiones no conseguía hacer de
ellos creyentes, al menos les ofrecía una alternativa a la política del partido
y a las doctrinas que oían y en las que habían acabado creyendo, y que a veces
se cuestionaban. Les ofrecía al menos otra respuesta a los temas que los
inquietaban y les hacía ver que, para
quienes creíamos, existía un significado del hombre y de su existencia aquí en
la tierra que iba más allá de lo meramente humano y material. No se trataba
de decirles que tenía de mi lado todas las respuestas y ellos del suyo, todas
las preguntas y dilemas; lo que intentaba
mostrarles era que las dudas y los
anhelos que manifestaban, la agitación interior de sus corazones y sus almas
procedían de un espíritu humano que era
natural en ellos, pero que trascendía lo material. Me hacía eco de las
palabras de san Agustín: el corazón del
hombre ha sido hecho solo para Dios y está inquieto hasta que descanse en Él. Tampoco
se trataba de pronunciar largos sermones ni de explicar la doctrina de la Iglesia , ni el Credo, ni
la historia de la salvación -como parece desprenderse de lo que acabo de
resumir-, porque las tardes estaban
llenas de preguntas y repreguntas, argumentos y refutaciones, de razonamientos
que suscitaban nuevas ideas, preguntas y razonamientos; y por lo general bajo
esa sinceridad había un trasfondo de buen humor.
La mayoría de los ciudadanos
rusos corrientes saben que en el país aún subsiste la religión y muchos están
deseosos de aprender más sobre ella. También son muchos los que pueden recordar cómo sus padres y abuelos se
aferraban a las creencias y prácticas tradicionales y deseaban que sus hijos al
menos recibieran el bautismo; y recuerdan con una mezcla de cariño y nostalgia
la bondad de aquella generación que más tarde les enseñaron a ridiculizar en la
escuela a causa de sus “Supersticiones”. ¿Era la religión -se preguntaban ahora- lo que hacía de los ancianos
buenas personas? ¿Era lo que hacía
llegar al momento de la muerte con una fe intacta? También se hacen preguntas acerca de una religión
que mueve a vecinos y colegas que les consta que siguen practicando su fe a
enfrentarse al escarnio y al acoso, a pequeñas persecuciones y a la pérdida de
privilegios sociales, al sufrimiento y al sacrificio personales. ¿Hay algo de
verdad en ella -se preguntan - y realmente puede ser tan importante, marcar una
diferencia tan grande en la vida del hombre?
El ejemplo de esos valientes
cristianos, la curiosidad y las preguntas que suscitan, no logran muchos conversos como tampoco los lograron mis
conversaciones ni mis explicaciones. Pero
sin duda preparan el terreno para la semilla de la fe que solo Dios puede
plantar en los corazones de los hombres. A través de los admirables caminos de
su providencia, Dios se sirve de muchos medios para alcanzar su fin. Incluso el
comunismo, a pesar de su objetivo expreso de acabar con la religión y con
toda fe en Dios, tiene un significado en
el plan divino. Hay en él mucho de implacable, de cruel, de violento, pero ha
eliminado también mucha corrupción; ha empezado a construir una nueva sociedad dedicada -por irónico
que parezca- a la humanidad. Desde un punto de vista puramente natural, su
preocupación por el hombre ha hecho mucho bien; la gente, a través del
sufrimiento -y mucho sufrimiento
innecesario, no cabe duda-, ha respondido a sus severas exigencias con grandes
sacrificios, con un espíritu de entrega y un sentido de la fraternidad que
podrían ser la envidia de muchos países cristianos. Sin duda, las semillas de la fe que Dios plantará en
su momento acabarán hallando en sus corazones un suelo fértil y una abundante
cosecha.
Mi apostolado entre esas
personas, a través -una vez más- de los misteriosos caminos de que se vale la
providencia, ha concluido. Pero las recuerdo con cariño y con nostalgia; rezo
por ellas todos los días. Sigo recordándolas cada mañana en mi misa, a ellas y
a mis cristianos rusos de Norilsk y Krasnoyarsk, a mis compañeros y a mis
amigos de los campos de prisioneros. Y ofrezco por su salvación eterna y por su
felicidad junto a Dios mis oraciones, mi trabajo y mis sufrimientos diarios.
Ahora como entonces, esa es mi misión en el reino, lo que Dios quiere de mí, y
acepto y abrazo cada día su voluntad.
jueves, 12 de noviembre de 2015
Amabilidad de un conductor de autobús
Últimamente he tenido más oportunidad de ir en los autobuses urbanos de la Rober. Siempre he admirado a la gente que atiende al público por la paciencia que requiere adaptarse al carácter imprevisible de los usuarios. Por eso me he fijado hoy en la reacción de un conductor de la línea SN1 cuando iba desde el Salón a la Estación de Autobuses y me he llevado una agradable sorpresa. He visto responder con serenidad a muchas personas, algunas de ellas mayores, que preguntan si ese autobús para en el Clínico o en la Estación; dudas que incluso planteaban a pesar de haber un cartel con letras grandes en el frontal del coche, y que obtienen un sí amable cuando yo esperaba un "¿Es que no lo ve?" de auténtica MF granadina. O el caso de una persona que llega corriendo a la parada, la espera y en vez de subir, pregunta dudas sobre otra línea diferente y obtiene respuesta del conductor y de otros pasajeros que dan su opinión sobre lo que se plantea. Podría añadir más detalles pequeños: no quejarse de otros coches que dificultan el paso, de un ciclista que conduce inseguro por el carril del autobús, etc. Todas estas cosas retrasaban un poco al autobús y por mi impaciencia me temía que llegaría tarde a la Estación. Quizá por ese motivo he sido más sensible a valorar, por contraste, esos detalles de paciencia.
Seguro que hay personas que en estas mismas circunstancias han tenido experiencias negativas pero me parece que recordar que hay gente amable es muy oportuno en un tiempo en el que se lleva más la queja y venden más las malas noticias. Pero es que además, el buen ejemplo nos recuerda que es posible hacer las cosas bien y tira de nosotros hacia arriba. Sonreír, ser amable, llevar con paciencia los pequeños defectos de los demás, entra dentro de esa lógica de la gratuidad de la que habla el Papa Francisco. Es gratis pero cuesta y por eso lo agradecemos.
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Añadido 15.XI: hoy sale en Ideal:
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Añadido 15.XI: hoy sale en Ideal:
jueves, 9 de julio de 2015
Steve Jobs y la existencia de Dios
En la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson, se cuenta lo siguiente:
Steve Jobs invitó a Yo-Yo Ma, un virtuoso del violonchelo. a que tocara en su boda, pero este se encontraba fuera del país en una gira. Acudió a casa de Jobs unos años más tarde, se sentó en el salón, sacó su violonchelo, un Stradivarius de 1733, y tocó Cello Suite N°.1 - Prelude de Bach. «Esto es lo que habría tocado en vuestra boda», les dijo. Jobs se levantó con lágrimas en los ojos y le dijo: «Tu interpretación es el mejor argumento que he oído nunca en favor de la existencia de Dios, porque no creo que un ser humano pueda por sí solo hacer algo así»
martes, 13 de enero de 2015
Condeno los brutales atentados terroristas de París pero... "Yo no soy Charlie" (Je ne suis pas Charlie)
Cuando ocurrió el terrible atentado yihadista el pasado 7 de enero en París asesinando a periodistas de la Revista Charlir Hebdo vi las viñetas que los medios se pusieron a difundir como acto de apoyo a las víctimas. Son caricaturas muy ofensivas para musulmanes, cristianos y judíos, y para cualquier persona que respete los sentimientos religiosos ajenos. Por eso, me llamó la atención que la reacción de solidaridad se concretara en la frase "Je suis Charlie". Enseguida pensé "Yo no soy Charlie" (Je ne suis pas Charlie) aunque condene este delito gravísimo e injustificable. Sé que los que dicen "Je suis Charlie" están llenos de buenas intenciones, de deseos de manifestar la solidaridad con el ultrajado, pero si vieran las viñetas, muchos no llevarían ese lema, porque no se identifican con esa sátira vejatoria
Creo que una Francia laicista que defienda el insulto a lo que millones de personas consideramos lo más íntimo y verdadero como si fuera la única forma de defender la libertad de expresión es un país que no entiende a sus ciudadanos y que no entiende la religión. Además parece que la libertad de expresión no debería tener límite alguno en occidente y la realidad es que no solo tiene límite sino que en algunos temas se hila fino hasta el punto de que sólo opinar educadamente sobre la moralidad de algunos actos o sobre el concepto de matrimonio supone sufrir todo tipo de ataques de colectivos, denuncias, pérdida de trabajo, etc. Si los valores occidentales en 2015 es que debes aguantar ataques a tu religión como peaje de la libertad y sufrir ataques privados y públicos por tus ideas sobre moral
Pienso en los millones de musulmanes (no en los radicales que no se atienen a razones) que detestan la violencia y a la vez miran desconcertados a los que defienden el derecho a blasfemar. Pensaba que era un bicho raro pero pasados uno días van apareciendo muchos artículos que por motivaciones de lo más variadas con las que no siempre me identifico, por supuesto (católicos, liberales, anarquistas, comunistas, musulmanes moderados, populistas de derecha radical) llegan a conclusiones iguales o parecidas, condenando siempre el terrorismo:
http://diarioelprisma.es/…/yo-no-soy-charlie-hebdo-y-me-da…/
http://www.gaceta.es/d…/catolico-charlie-hebdo-08012015-1137
http://cnnespanol.cnn.com/…/el-humor-ofensivo-de-charlie-…/…
http://www.hispanidad.com/…/hay-que-combatir-a-los-yihadist…
http://internacional.elpais.com/…/ac…/1420843355_941930.html
http://elpais.com/…/20…/01/09/opinion/1420834517_824508.html http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article79645
http://www.anarkismo.net/article/27767
http://www.thecatholicthing.org/…/09/je-ne-suis-pas-charlie/
Creo que una Francia laicista que defienda el insulto a lo que millones de personas consideramos lo más íntimo y verdadero como si fuera la única forma de defender la libertad de expresión es un país que no entiende a sus ciudadanos y que no entiende la religión. Además parece que la libertad de expresión no debería tener límite alguno en occidente y la realidad es que no solo tiene límite sino que en algunos temas se hila fino hasta el punto de que sólo opinar educadamente sobre la moralidad de algunos actos o sobre el concepto de matrimonio supone sufrir todo tipo de ataques de colectivos, denuncias, pérdida de trabajo, etc. Si los valores occidentales en 2015 es que debes aguantar ataques a tu religión como peaje de la libertad y sufrir ataques privados y públicos por tus ideas sobre moral
Pienso en los millones de musulmanes (no en los radicales que no se atienen a razones) que detestan la violencia y a la vez miran desconcertados a los que defienden el derecho a blasfemar. Pensaba que era un bicho raro pero pasados uno días van apareciendo muchos artículos que por motivaciones de lo más variadas con las que no siempre me identifico, por supuesto (católicos, liberales, anarquistas, comunistas, musulmanes moderados, populistas de derecha radical) llegan a conclusiones iguales o parecidas, condenando siempre el terrorismo:
http://diarioelprisma.es/…/yo-no-soy-charlie-hebdo-y-me-da…/
http://www.gaceta.es/d…/catolico-charlie-hebdo-08012015-1137
http://cnnespanol.cnn.com/…/el-humor-ofensivo-de-charlie-…/…
http://www.hispanidad.com/…/hay-que-combatir-a-los-yihadist…
http://internacional.elpais.com/…/ac…/1420843355_941930.html
http://elpais.com/…/20…/01/09/opinion/1420834517_824508.html http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article79645
http://www.anarkismo.net/article/27767
http://www.thecatholicthing.org/…/09/je-ne-suis-pas-charlie/
martes, 2 de septiembre de 2014
Motivos para asistir a una beatificación....
Algunos amigos me preguntan qué sentido tiene asistir a una beatificación como la que habrá el próximo 27 de septiembre en Madrid, en la que la Iglesia reconocerá la santidad de D. Álvaro del Portillo.
Pues voy a dar algunas de mis razones:
Porque nos muestra que hoy es posible ser santo. No es una meta bonita pero irrealizable en nuestros tiempos. La beatificación nos recuerda que es algo real, que otros, como Álvaro del Portillo, lo han conseguido, dejando actuar a Dios en sus vidas, incluso en ambientes materialistas y descristianizados.
Porque contribuye a la gloria de Dios que sigue manifestando su poder gracias a la libre respuesta del hombre.
Porque presenta al mundo un modelo de carne y hueso. Alguien que estudió una carrera en la Universidad de Madrid, que realizó siendo estudiante labores de voluntariado, que siguió su vocación sacerdotal hasta el final de su vida, que dedicó su vida a los demás, con naturalidad, con heroísmo y sin perder la sonrisa.
Porque nos da así un intercesor más en el cielo, alguien asequible y actual, al que han conocido en persona decenas de miles de personas, y que velará especialmente por aquellos cristianos que quieren llevar una vida santa en medio del trabajo, las relaciones familiares y sociales, la cultura, el arte, el deporte, etc, que recurran a él: el que pide recibe (Lc 11,10)
Porque es bueno ser agradecido. Mucha gente está agradecida a Dios por haberse acercado a los sacramentos, a una vida de trabajo, de ayuda a los demás a través de las actividades formativas del Opus Dei, donde entregó su vida Don Álvaro. Para ellos es una forma excelente de cumplir un deber de agradecimiento a Dios.
Porque es un modo magnífico de vivir la comunión de los santos: cristianos de todo el mundo nos unimos a los cristianos que gozan de la visión de Dios en el cielo para pedir a Dios, por intercesión de D. Álvaro, por nosotros mismos, por nuestros amigos y familiares, por los vivos y por los ya fallecidos que están en el purgatorio, para que lleguemos todos a la única meta que merece la pena: la felicidad y el amor eternos en el cielo.
Porque contribuye a la nueva evangelización del mundo que nos pide el Papa: la vida de los santos nos muestra el Evangelio llevado a la práctica; aprendemos cómo vencieron las tentaciones, qué medios emplearon para protegerse del mal, fortalecerse, progresar. Conocer la vida de los santos ha sido siempre una escuela para aspirar a la santidad en la historia de Iglesia y una beatificación ayuda a conocerla.
En este enlace se responde a preguntas frecuentes sobre la beatificación de Álvaro del Portillo: En este vídeo salen jóvenes que, de una forma dinámica, acorde con su edad, explican por qué es muy bueno estar en al Beatificación:
Pues voy a dar algunas de mis razones:
Porque nos muestra que hoy es posible ser santo. No es una meta bonita pero irrealizable en nuestros tiempos. La beatificación nos recuerda que es algo real, que otros, como Álvaro del Portillo, lo han conseguido, dejando actuar a Dios en sus vidas, incluso en ambientes materialistas y descristianizados.
Porque contribuye a la gloria de Dios que sigue manifestando su poder gracias a la libre respuesta del hombre.
Porque presenta al mundo un modelo de carne y hueso. Alguien que estudió una carrera en la Universidad de Madrid, que realizó siendo estudiante labores de voluntariado, que siguió su vocación sacerdotal hasta el final de su vida, que dedicó su vida a los demás, con naturalidad, con heroísmo y sin perder la sonrisa.
Porque nos da así un intercesor más en el cielo, alguien asequible y actual, al que han conocido en persona decenas de miles de personas, y que velará especialmente por aquellos cristianos que quieren llevar una vida santa en medio del trabajo, las relaciones familiares y sociales, la cultura, el arte, el deporte, etc, que recurran a él: el que pide recibe (Lc 11,10)
Porque es bueno ser agradecido. Mucha gente está agradecida a Dios por haberse acercado a los sacramentos, a una vida de trabajo, de ayuda a los demás a través de las actividades formativas del Opus Dei, donde entregó su vida Don Álvaro. Para ellos es una forma excelente de cumplir un deber de agradecimiento a Dios.
Porque es un modo magnífico de vivir la comunión de los santos: cristianos de todo el mundo nos unimos a los cristianos que gozan de la visión de Dios en el cielo para pedir a Dios, por intercesión de D. Álvaro, por nosotros mismos, por nuestros amigos y familiares, por los vivos y por los ya fallecidos que están en el purgatorio, para que lleguemos todos a la única meta que merece la pena: la felicidad y el amor eternos en el cielo.
Porque contribuye a la nueva evangelización del mundo que nos pide el Papa: la vida de los santos nos muestra el Evangelio llevado a la práctica; aprendemos cómo vencieron las tentaciones, qué medios emplearon para protegerse del mal, fortalecerse, progresar. Conocer la vida de los santos ha sido siempre una escuela para aspirar a la santidad en la historia de Iglesia y una beatificación ayuda a conocerla.
En este enlace se responde a preguntas frecuentes sobre la beatificación de Álvaro del Portillo: En este vídeo salen jóvenes que, de una forma dinámica, acorde con su edad, explican por qué es muy bueno estar en al Beatificación:
sábado, 28 de julio de 2012
El amor es activo

(Continuación del post Así queremos que nos cuiden, así debemos cuidar
¿Por qué ante la fealdad del dolor, la enfermedad y la miseria un personaje queda paralizado y otro entra en una actividad que lleva a hacer amable el entorno del enfermo para él y para la gente que le rodea? ¿Por qué el dolor, la enfermedad y la miseria hunden a algunos en la desesperación que les lleva al descuido del aspecto personal y de su entorno, a pesar de que todos anhelamos la belleza?
En la sociedad occidental la belleza, en relación al aspecto físico tiene una gran importancia –a veces excesiva- y en la que la ciencia ha logrado que la vida se prolongue más, a pesar de la inevitable huella que el tiempo y la enfermedad dejan en el cuerpo humano, en la que morir en familia rodeado del cariño de los tuyos es cada vez menos habitual.
La clave que humaniza y hace descubrir la importancia de la belleza incluso en unas circunstancias es reconocer la dignidad de todo ser humano que implica amarle por sí mismo. El enfermo reconoce su dignidad al saberse querido y se provoca en él, el deseo de mostrarse amable.
Al que ha perdido la esperanza en la curación y no tiene un motivo por qué cuidarse, por el que mostrarse amable, hay que hacérselo descubrir con nuestra actitud.
Josef Pieper, en su libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no sólo de palabra: «Es bueno que tú existas». Sólo a partir de un «tú», el «yo» puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es aceptado, el «yo» puede aceptarse a sí mismo. Quien no es amado ni siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo de otra persona.
Amar implica no evitar el contacto con el dolor y con la muerte, como querría hacer Levin, el protagonista de Anna Karenina y como buscaba evitar a su esposa. Pero si no fuera por la fuerza del amor de ella, la muerte de su cuñado hubiera sido verdaderamente inhumana.
El pasado 22 de febrero, el periódico The Guardian, frecuentemente crítico con la visión cristiana de la vida, decía en un editorial titulado Miércoles de Ceniza: el desaparecido arte de morir: “la Iglesia Católica es uno de los pocos sitios donde la muerte sigue siendo parte de las conversaciones públicas. En otros lugares, la muerte se disfraza de suaves eufemismos suaves como “irse” o “quedarse dormido", o bien se enfoca desapasionadamente a través del discurso científico de la medicina. (…)
Actualmente, si se nos pregunta cómo queremos morir, generalmente decimos que queremos que suceda rápidamente, sin dolor y, preferentemente, mientras dormimos. En otras palabras, no queremos que la muerte se convierta en algo que experimentamos como parte de la vida. Esto no habría tenido sentido para las generaciones pasadas. Durante siglos, lo que más se temía era “morir sin estar preparado". La muerte era una oportunidad para poner las cosas en su sitio. Para decir las cosas que habían quedado sin decir: “Lo siento", “me equivoqué", “siempre te he querido". Solíamos morir rodeados de la familia en sentido amplio. Ahora, morimos rodeados de tecnología, y la creencia en la ciencia médica a menudo reemplaza el enigma tradicional de la existencia humana.
(…)
Una cultura que mantiene la muerte fuera de su vista y de sus pensamientos es una cultura que cada vez es menos capaz de confortar a otros en su dolor. En lugar de tener esa conversación importante en el supermercado con la vecina que ha perdido a su marido, nos cambiamos de pasillo y lo justificamos por un supuesto deseo de no molestarla. Permitimos que nuestras residencias de ancianos se conviertan en lugares de abandono, porque no queremos mirarlos muy de cerca. Cuando la muerte se convierte en un asunto privado, es mucho más difícil acercarse a los demás, precisamente cuando más lo necesitan.
Para lograr la humanización en la enfermedad, a la vez que obtener un resultado terapéutico optimo, esta el cuidado de los detalles humanos en el proceso de muerte, que parte de aceptar la verdad de las cosas, empezando por algunas tan esenciales como el dolor o la muerte.
Es inevitable que lo que de por sí resulta repugnante nos retraiga. Pero el ser humano debe ser capaz de ver más allá de la primera impresión: un enfermo o un moribundo tiene siempre una historia personal y un futuro trascendente, mucho más valioso que las pequeñas miserias que nos repelen. Hay que fomentar en la educación, en la práctica social, este contacto con la realidad. Hay que aprender a desenvolverse con naturalidad, con una sonrisa y manifestando amor con hechos ante personas moribundas o enfermas porque son parte de nuestra vida y porque es un tema que nos afecta por ser humanos. El editorial de The Guardian que he comentado antes recoge una cita de una reciente película israelí -Dr. Pomerantz- en la que un psiquiatra especialista en suicidios afirma: “La vida es una enfermedad con una mortalidad del 100%". Es una forma pragmática e intelectual de enfrentarse con la muerte y con el dolor que deja sin embargo preguntas sin respuesta.
En la novela Anna Karenina, Levin es un agnóstico en busca de Dios, enamorado de Kitty, su mujer, cristiana ferviente. El cristianismo aporta a la sociedad luz para descubrir la belleza incluso en los lugares y momentos de la vida donde otros solo ven miseria y fealdad, y a difundirla a su alrededor. La actitud de Kitty es la respuesta a las preguntas que se hace su marido.
Termino con algo que cuenta un voluntario que estuvo ayudando en una de las casas de la orden de la Beata Teresa de Calcuta. Le dieron un niño moribundo por el que no podía hacerse nada, para que lo sostuviera; este voluntario se asustó porque era consciente de la situación, y nervioso, preguntó a una de las religiosas que tenía que hacer y le dijo: Quiérelo. Pocos minutos después, el niño moría en brazos de ese voluntario. Y esa persona joven había aprendido a rodear de cariño al que sufre y va a morir. No podía darle nada más -y nada menos- que amor.
domingo, 22 de julio de 2012
Así queremos que nos cuiden, así debemos cuidar

(Pido disculpas a los pocos seguidores que queden por los meses sin publicar)
Uno de los pasajes que más me impresionó de Ana Karenina de Lev Tolstoi es el episodio que se narra en la Quinta parte de esta obra en el que uno de los protagonistas principales de la novela, Konstantin Levin va con Kitty, su esposa, a atender al hermanstro de Levin, Nicolás, que está próximo a la muerte
Konstantin Levin quiere evitar a su joven esposa el mal trago de ver a su hermano enfermo de tuberculosis, que espera la muerte en una posada junto a una prostituta con la que ha convivido. Sin embargo Kitty se empeña en acompañar a su marido. Llegan al hotel y Kevin ve la patética situación en que está su hermano e intenta evitar que Kitty, su esposa, vaya a la habitación donde está el enfermo. Sin embargo Kitty se empeña en ir con él y su actitud al saludar al enfermo es un preludio de un cambio esencial que se dará en los últimos días del moribundo:
“Andando con paso ligero, sin cesar de mirar a su marido y mostrándole su rostro animoso y lleno de piedad, Kitty entró en la alcoba del enfermo y, volviéndose suavemente, cerró la puerta sin ruido. Siempre silenciosa, se aproximó al lecho donde aquél yacía y se puso de modo que él no necesitase volverse para verla. Tomó con su mano joven y fresca la enorme manaza de él, se la apretó con aquel calor con que saben hacerlo las mujeres, calor que expresa compasión sin ofender, y empezó a hablar al doliente.”
En un ambiente sórdido, le trata con humanidad y con el respeto con que de habla con una persona de la nobleza, sin desanimarse por la falta de respuesta inicial de Nicolás. Levin reflexiona sobre su reacción y la de su esposa:
“Levin no podía mirar con calma a su hermano ni permanecer tranquilo en su presencia. Al entrar en la alcoba del paciente, sus ojos y su atención se nublaban y no lograba ver ni comprender los detalles del estado de Nicolás. Notaba el terrible olor, veía la suciedad y el desorden, su actitud, sus gemidos, pero tenía la sensación de que no podía hacer nada.
No se le ocurría, para ayudarle, la idea de estudiar cuidadosamente el estado de su hermano, de observar cómo se hallaba bajo la manta el cuerpo del enfermo, cómo tenía dobladas sus enflaquecidas piernas y espaldas, a fin de hacerle adoptar una posición que le aliviara en algo los sufrimientos.
Cuando pensaba en estos detalles, un escalofrío le recorría hasta la medula. Estaba persuadido de que era imposible hacer nada, ni para prolongar la vida de Nicolás, ni para atenuar sus sufrimientos.
El enfermo adivinaba el sentimiento de su hermano, su conciencia respecto a la inutilidad de toda ayuda, y se irritaba, cosa que apenaba doblemente a Levin. Estar en el cuarto del enfermo le atormentaba, y no estar en él le parecía peor aún. No hacía, pues, más que entrar y salir bajo diferentes pretextos, sintiéndose incapaz de quedarse solo.”
Y Tolstoi describe de un modo magistral los cambios que introduce Kitty en el entorno del enfermo
“Kitty sentía, pensaba y obraba muy diversamente. El enfermo había despertado en ella compasión, y la compasión produjo en su alma de mujer un sentimiento que nada tenía que ver con el de repugnancia y horror que había despertado en su marido, y que se expresaba en la necesidad de obrar, enterarse con todo detalle del estado del paciente y hacer lo posible para ayudarle.
No dudando de que debía hacerlo, no dudaba tampoco de la posibilidad de realizarlo, y, en seguida, puso manos a la obra.
Los detalles cuyo pensamiento aterraban a su marido, ocuparon desde el primer momento la atención de Kitty. Envió a uno a buscar el médico, envió a otro a la farmacia, mandó a la criada que venía con ella y a María Nicolaevna barrer el suelo, limpiar el polvo y fregar. Por su parte, no se quedaba tampoco atrás: limpiaba un objeto, ponía en orden otro, arreglaba las ropas bajo la manta... Por orden suya se sacaban cosas de la habitación del enfermo y se llevaban otras de más utilidad.
Entraba ella misma en la habitación sin preocuparse de hallar clientes en el pasillo, traía a la alcoba del enfermo sábanas, toallas, almohadas, camisas, y otras veces, ya usadas, las sacaba de ella.
El criado que servía la comida a los ingenieros en la sala común, acudía a veces a la llamada de Kitty con irritado semblante, pero no podía desatender las órdenes que ella le daba, porque lo hacía con tan suave insistencia que no se la podía desobedecer.
Levin no la aprobaba, ni creía que lo que hacía fuera útil para el paciente. Sobre todo, temía que su hermano pudiera enojarse. Pero Nicolás permanecía sosegado, si bien algo confuso, y seguía con interés las idas y venidas de su cuñada.
Al volver de casa del médico, adonde le enviara Kitty, Levin halló que estaban, por orden de la joven, mudando de ropa al enfermo. (…)
Kitty comprendió que Nicolás se avergonzaba de aparecer desnudo en su presencia.
–No le miro, no... –repuso ella arreglándole la manga–. María Nicolaevna: pase allí y póngale ese lado –añadió.
–Ve, por favor, a mi cuarto y, trae un frasco que hay en el saquito, en el bolsillo del lado –dijo a su marido–. Entre tanto, terminarán de limpiar aquí.
Al volver con el frasco, Levin halló al enfermo ya en la cama. Todo a su alrededor tenía otro aspecto. El olor desagradable había sido sustituido por el de una mezcla de perfume y vinagre que Kitty, sacando los labios e hinchando sus encarnadas mejillas, esparcía a través de un tubito por la habitación.
En ningún sitio había ya polvo; al pie del lecho se veía una alfombra. En la mesa estaban ordenados los frascos, la botella y la ropa necesaria, bien plegada, así como la broderie anglaise en que trabajaba Kitty.
En otra mesa había agua, medicamentos y una bujía. Lavado y peinado, entre las sábanas blancas y los almohadones mullidos, vistiendo la camisa limpia con cuello blanco del que salía su garganta delgadísima, el enfermo descansaba mirando a Kitty fijamente, con una expresión llena de renovada esperanza.
(…) –Katia –dijo–, me siento mucho mejor. Con usted me habría curado hace tiempo. Estoy muy bien...
Le tomó la mano y fue a llevarla a sus labios, pero, temiendo que ello la desagradase, desistió de su propósito y soltándole la mano se limitó a acariciarla. Kitty, con ambas manos, estrechó la del enfermo.”
Este ejemplo de la literatura clásica da pie para una reflexión en una futura entrada.
sábado, 11 de febrero de 2012
Los malos tiempos son para las buenas personas

Es frecuente que mucha gente se desanime ante el panorama de un mundo en el que no se puede decir que las cosas vayan de maravilla. Y no me refiero solo a la crisis económica sino a su causa, la aún más grave crisis moral. Recientemente comentaba como el Papa constataba la falta de un espíritu que anime a ser solidario o el olvido de Dios por parte de tanta gente. Y precisamente en esa intervención recordaba una medicina contra el cansancio de la fe.
Las buenas personas, la buena ética y los buenos caracteres morales no son solo para los tiempos buenos, también son típicos de los malos tiempos, los producen los malos tiempos, lo mismo que los diamantes son producidos durante siglos por toneladas de peso y el acero por un calor extraordinario.
Dios, en su sabiduría, permite deliberadamente los malos tiempos, las calamidades, las pruebas y las tentaciones precisamente para probar a nuestros santos sobre el yunque del sufrimiento, en la fragua de la adversidad. El proporciona hombres buenos para los tiempos malos y malos tiempos para los hombres buenos.
Si no hubiera una pared contra la que hay que empujar, ¿cómo se podrían desarrollar los músculos? Si no hubiera un boxeador que actuase de sparring, ¿cómo podría entrenarse un campeón? Si no hubiese sufrimiento en el mundo, ¿cómo podría suscitarse la compasión? Si no hubiese dificultades, ¿cómo podría desarrollarse el coraje? Si no hubiese tentaciones (p e, para mentir), ¿cómo podría ser preciosa la virtud (p e, la sinceridad)? Si la santidad no costase, no valdría la pena. Sólo en un mundo malo podemos ser buenos. Los malos tiempos son para las buenas personas.
Pero la otra mitad del proceso es también cierta: las buenas personas son para los malos tiempos. Los buenos amigos buscan el bien del otro antes que su propio bien; ésta es la única forma en que pueden alcanzar su verdadero bien. Los que aman de verdad se olvidan de sí mismos, incluso de su propia satisfacción al amar .y pensar sólo en la persona amada, sólo así pueden disfrutar de una auténtica alegría. Las únicas satisfacciones profundas y duraderas de esta vida (y de la futura) radican siempre en el olvido de sí.
jueves, 2 de febrero de 2012
Todo lo que facilita, debilita

Dice el filósofo Armando Segura que todo lo que facilita, debilita.
Mucha gente me ha comentado su experiencia personal en esta época de crisis en la que, siguiendo los giros castellanos, “a la fuerza ahorcan”, han tenido que “hacer de la necesidad virtud” y han aprendido a trabajar mejor.
Esto es algo que probablemente no hubiera ocurrido en una época de bonanza. La revolución del 68 que no ha hecho un mundo mejor, fue realizada por una juventud aburguesada. El historiador Pablo Pérez López en una conferencia en el Colegio Mayor Albayzín en la Universidad de Granada decía que después de los años 50 y 60 del pasado siglo ocurrió “lo que James Patterson llamó una «revolución de las expectativas», que condujo a la formulación de nuevas reivindicaciones que sobrepasaban la capacidad de las instituciones políticas y económicas para satisfacerlas, lo que generó un descontento primero difuso y luego cada vez más concreto, que dio lugar a una explosión espectacular a finales de los sesenta, concretamente hacia 1967 en los Estados Unidos y en 1968 en Europa. Sobrevino una crisis inesperada y honda que en buena medida todavía pervive, que afectó sobre todo a los sectores más instruidos de las sociedades más ricas. Se trató de una crisis de élites, y de pensamiento podríamos decir. Y un rasgo fundamental de sus contenidos es que se definió más como negación que como afirmación de una propuesta alternativa. Vendría a ser un mentís a las expectativas que podían haber generado los años anteriores de prosperidad, cuyas esperanzas se quebraron de forma amarga. La juventud mejor atendida de los países más ricos y cultos vino a decir que no le gustaba lo que sus mayores parecían estar preparando para su futuro. Comenzando por el modelo de usos sexuales, todo se puso en cuestión: la jerarquía de valores, lo escenificable y lo obsceno, lo digno y lo indigno, lo sano y lo morboso, lo que valía la pena y lo despreciable. Ni les gustaba la familia ni el cómodo hogar que se le prometía, ni la democracia, ni el Estado, ni el ejército, ni la Universidad. Y lo peor es que no decían exactamente que querían en su lugar, con lo cual como primer fruto de la nueva actitud quedó la trasgresión como único elemento distintivo de presunto progreso”
Ahora tenemos más medios técnicos que los jóvenes de antes del 68 y objetivamente todo es más fácil. Pero la situación económica parece estar peor que en esos años o al menos las expectativas que se tenían eran otras y la incertidumbre amenaza.
Pero como veremos más adelante, si eres de los que quieres ser bueno, anímate: los malos tiempos son para las buenas personas. Tenemos una nueva oportunidad de cambiar el mundo.
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